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 EL NIDO DE LA IGUANA PERTURBADA

SER HOMOSEXUAL EN SAN LUIS POTOSÍ HACE CUARENTA AÑOS, SEGÚN UN SOBREVIVIENTE

 

Por José Arturo González Guerrero

En San Luis Potosí, en la década de los setentas un joven homosexual lo primero que debía comprender es que asumirse como tal significaba jugarse la vida.

 

Los crímenes de odio por homofobia eran considerados vulgares crímenes pasionales y aunque eran publicados con detalle en la nota roja, no merecían un esclarecimiento ni justicia, después de todo se lo merecían, se lo andaban buscando.

 

El escarnio y la exhibición pública, el repudio (vergüenza) de la familia y amigos, eran otra forma de muerte pues solo dejaban dos salidas, el exilio o el suicidio; ninguno de los muchachos potosinos exhibidos en aquel libelo chafa “Juan Gabriel y yo” (en 1985) se suicidó, pero todos se fueron de San Luis.

 

Así que los primeros “activistas” potosinos lo fueron por hacerse visibles y ser “muy perras”, aunque hace cuarenta o cincuenta años ser “perra” no significaba ser déspota, agresivo e ingenioso y agudo para humillar a otros, no, hace varias décadas ser “perra” significaba ser experto, eficiente, hábil, erudito, no solo útil sino además imprescindible, ser “perra” garantizaba cierta inmunidad y respeto, ser homosexual “obvio” o visible y muy “perra” podía salvar la vida.

 

Así convivían cordialmente en la sociedad médicos, abogados, catedráticos universitarios, comerciantes, peluqueros, hombres con diferentes profesiones y oficios, “jotos” pero muy buenos en lo suyo, quizá sofisticados o estridentes pero no incomodos, “sabían comportarse”, “guardar su lugar” y algunos incluso se convirtieron en glorias potosinas de la literatura, la música y la ciencia.

 

Lo mismo ocurría en Monterrey, cuando llegué (a los 17 años) y conocí a Marcelo en el bar “La Ópera”, me interrogó para saber quién era yo y de donde había llegado, y después me aleccionó:

 

“Siempre niega que eres homosexual, aunque te vean besándote con otro cabrón, tú niégalo… Fíjate muy bien con quien te vas, si te ve las nalgas o el paquete eso es lo que quiere de ti, pero si te ve tu reloj, tus cadenitas o que tan abultada traes la cartera ¡Aléjate! Porque eso es lo que quiere de ti… Si te quieren poner unos chingazos y no puedes correr, muérdelos, se van a asustar porque no quieren quedar marcados y aprovechas para correr… Nunca des el primer paso, si no te hablan no les hables… No pagues borracheras ni hagas regalos, eso nunca termina bien… y hazle caso a tus tripas, los jotos tenemos muy buen instinto.”

 

Lo demás lo aprendí sobre la marcha, a base de ensayo y error y con algunos tropiezos, y en cuanto a la importancia del prestigio, lo pude ver en algunos de mis compañeros y profesores homosexuales, eran disciplinados, inteligentes y “discretos”, la discriminación a la clase media, a los rasgos indígenas, o a la homosexualidad, podía sortearse (hasta cierto punto) si se era brillante o si se poseía algún talento notable.

 

Las parejas estables de homosexuales que conocí en esos años, eran hombres cuarentones que habían trabajado mucho y muy duro para hacerse de una posición económica, cierto poder e influencia, creaban empresas, negocios, y hacían malabares legales para, en caso de que alguno muriera, la familia del fallecido no despojara al otro de los bienes logrados.

 

Eran espléndidos anfitriones de grandes fiestas temáticas en jardines, con varias barras, más de cien invitados, meseros esculturales, luces robóticas, lo último en música disco, cocteles de moda, poppers y excelentes espectáculos de transformistas; también organizaban reuniones para 20 o 30 amigos en la comodidad de sofás, pufs, rodeados de antigüedades y obras de arte, ellos charlaban de su más reciente viaje a Egipto y yo los escuchaba embobado, a eso aspirábamos los más jóvenes, a ser eternamente jóvenes, vivir la vida loca con mínimo aceptable de glamur y exquisita frivolidad… eso inevitablemente nos llevaba a adquirir una buena cultura general; Juan José conocía ya el Museo del Prado al revés y al derecho a través de libros muy caros con magnificas fotografías y aun no hacía su primer viaje a España.

 

Nadie pensaba en casarse, adoptar hijos y formar una familia.

 

Si Monterrey me había deslumbrado en mis años de universidad, poco tiempo después el Distrito Federal, hoy CDMX, me maravilló y me facilitó terminar de comprender que si bien me jugaba la vida, me convenía informarme, escuchar a otros, liberarme de la presión de que “debía ser muy perra”, sacudirme prejuicios, miedos y culpas, zafarme de aspiraciones que en realidad no eran las mías, y asumirme como homosexual y ya, ¿Y qué?

 

Entonces ya era un joven profesionista dueño de mis gustos y mis gastos, vivía en pareja en la planta alta de un dúplex y teníamos para nosotros la ciudad más grande del mundo que, como Nueva York, nunca duerme.

 

Bares y discotecas, El Nueve, El Paseo, Le Barón, El Famoso 41, El Vaquero, El Taller, y también la librería El Sótano, los teatros, la Zona Rosa, Ciudad Universitaria, el cineclub del Museo de Antropología, lugares y espacios para encontrar lo mágico y asombroso… Entonces supimos que el “cáncer gay” había llegado a México, amigos, conocidos y figuras públicas murieron y no sabíamos exactamente por qué.

 

El activismo cultural, artístico y político se volcó al activismo en lucha contra el VIH, en medio del pánico y la desinformación.

 

Nadie pensaba en casarse, adoptar hijos y formar una familia.

 

Cuando regresé a San Luis Potosí me encontré con que el activismo, esta vez un poco mejor organizado, tenía el mismo propósito que cuando me fui: Salvar la vida y se hacía lo que se podía con lo que se tenía.

 

Tuvieron que pasar veinte años para que escucháramos por primera vez de la Ley de Sociedad de Convivencia, cuando se aprobó en CDMX en 2006, y tres años después en San Luis Potosí, un reducido grupo de jóvenes homosexuales empezó a considerar la idea de vivir en pareja al amparo de la ley.

 

Aunque nadie, entonces, soñaba con casarse, adoptar hijos y formar una familia.

 

Mi última participación como activista LGBT fue aquí en San Luis Potosí en 2010,  cuando el diputado Felipe Abel Rodríguez Leal presentó  iniciativas para crear la Ley de Sociedades de Convivencia; asesorado por Guillermo Luevano y como imagen un muchachito bonito que hoy es el robusto  Dr. Marco Villa.

 

La iniciativa pretendía reformar el Código de Procedimientos Civiles; y el Código Familiar para el Estado de San Luis Potosí, y ahí vamos a las juntas, a los debates y a la tarea de colectar firmas de apoyo de la ciudadanía, al final la iniciativa se fue directo a la congeladora.

 

Si hace nueve años no prosperó la Ley de Sociedades de Convivencia no fue por la oposición de la iglesia católica, de los empresarios de ultraderecha o los panistas, la razón era muy simple: No iban a aprobar cambios que costarían una fortuna en la modificación de documentos, impresión de nueva papelería y capacitación de personal; era impensable generar un nuevo orden que resultaba muy caro.

 

En agosto de 2015 se difundieron a través de twitter, tres fotografías del diputado panista Héctor Mendizábal Pérez besándose con su pareja, un joven de nombre Christian Martínez, pero lo que parecía un duro descalabro a la imagen del PAN para desmoronar su credibilidad y poner sobre la mesa lo que siempre hemos sabido, que no son pocos los homosexuales y lesbianas que militan en ese partido, el asunto se diluyó y “aquí no pasó nada”.

 

Ese mismo año Sonia Mendoza Díaz, entonces candidata por el PAN a la gubernatura de San Luis Potosí, se reunió con miembros de la población LGBT y el resultado fue ambiguo, si bien se tomó una fotografía con Andrés Costilla y declaró que “más allá de ideologías y preferencias  reiteraba su apoyo y respeto a este sector” y los colectivos de diversidad sexual reconocieron públicamente su apertura  para con la comunidad LGBTTI, días después el partido le exigió que precisara su postura (porque además la población homosexual no era, nunca ha sido, capital político) y se vio obligada a recular y dijo: “en lo particular no apoyo el matrimonio entre parejas del mismo sexo”.

 

En 2017 una pareja gay obtuvo el primer amparo para poder casarse en San Luis Potosí (se divorciaron el mes pasado) y desde entonces hasta la fecha se han realizado 200 matrimonios entre parejas del mismo sexo mediante este recurso.

 

En la pasada legislatura los diputados José Luis Romero Calzada y Enrique Flores dejaron muy en claro que no iban a renunciar al apoyo de los empresarios agremiados al Consejo Coordinador Ciudadano, así que no tuvieron empacho en marchar en favor de la familia natural.

 

Así transcurrieron estos años, hasta el día de ayer, jueves 16 de mayo de 2019, que 12 diputados (seis del PAN, uno del Verde, uno de Alianza y cuatro del PRI) no pudieron impedir la aprobación del matrimonio igualitario, y no pudieron porque les tocó en (mala) suerte ser minoría frente a seis de MORENA, dos del PRD, uno de Conciencia Popular,  uno de Nueva Alianza, uno del PT, una del PRI, uno de Movimiento Ciudadano, y uno de Encuentro Social.

 

Fue cosa de suerte que 14 de los 27 legisladores que integran la  LXII Legislatura no sean para la iglesia católica ni para los empresarios de extrema derecha, “gente de la de uno”, no es un triunfo para el activismo elegebetero potosino que, si bien ha hecho una gran labor en asuntos de salud sexual, siempre ha sido tibio y ambivalente en incidencia política.

 

Hoy puedo decir que si ahora no me caso es porque a estas alturas “ya se me fue el tren”, pero no porque las “buenas conciencias” potosinas me lo impidan, y para la próxima Marcha del Orgullo Gay desempolvaré mi peluca de cristales, chaquira, y canutillo de Lila Deneken (diseñada por Mitzy), me treparé en un carro alegórico y les pintaré caracolitos a las del Consejo Coordinador Ciudadano, a las de La Ola Celeste, a Sonia, a Romero Calzada, a Quique Flores, a Mendizábal, a todas las panistas (¡Dije a todas!), a la tremenda Priego Rivera, curas, diáconos  y beatas que le acompañan y a todas que se me hayan olvidado.

 

No lamento que este enorme logro no se haya dado hace cuarenta años, sé que no hubiera sido posible, éramos rabiosamente jóvenes y muy alertas, en más de un sentido, en salvar la vida.

 

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