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EL NIDO DE LA IGUANA PERTURBADA

UN MOVIMIENTO TELÚRICO DE MAGNITUD 8.1 EN ESCALA DE RICHTER

 

Por José Arturo González Guerrero

El  jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7:17:49 de la mañana, se registró un terremoto en México de magnitud 8.1 en escala de Richter con epicentro en Michoacán que dejó 20 mil muertos,  2,831 inmuebles Afectados y daños materiales por 5 mil millones de dólares.

 

El primer relato (de primera mano) que escuché sobre el terremoto del 85 me lo narró Mónica.

 

Mónica era catedrática en una universidad pública de Caracas, había sido becada para estudiar la Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad de Monterrey, UDEM, y llegó a la ciudad de México en compañía de sus dos hijos adolescentes la noche del miércoles 18 de septiembre de 1985 para hospedarse en el Hotel del Prado.

 

Al día siguiente, las 7:17:49 de la mañana ella y sus hijos fueron despertados por la sacudida violenta del terremoto, el ruido de estructuras que caían, gritos y llanto; quisieron salir de la habitación pero el  movimiento les impedía caminar o incluso permanecer de pie, después de casi cuatro minutos finalmente cesó.

 

Fue un movimiento telúrico de magnitud 8.1 en escala de Richter.

 

Salieron de la habitación y se dirigieron a las escaleras, demoraron mucho tiempo en bajar desde el tercer piso porque algunas partes se habían destruido, así que fue lento y angustioso pisar entre escombros, sin pasamanos y viendo, por momentos, huecos que parecían no tener fin.

 

Ya en la calle al ver a otros huéspedes cayeron en cuenta de que ellos también estaban en ropa interior y en camisón, empleados muy asustados les condujeron a los jardines de La Alameda Central; Mónica vio como improvisaban un enorme letrero que decía “Del Prado”, y recibió agradecida los manteles blancos que les ofrecieron a manera de cobijas, no había heridos pero si muchas personas con crisis nerviosas; Mónica abrazó a su hijos.

 

Vieron otro grupo de turistas, eran del Hotel Regis, tres jóvenes de veintipocos años caminaban en círculos, cubiertos apenas por una toalla en la cintura, empolvados, se estaban duchando cuando el Regis se desplomó y ellos salieron por una ventana a la calle como si estuvieran en la planta baja, no se percataban, o no querían hacerlo, de que su piso (el cuarto) ahora estaba sobre los escombros de los otros tres.

 

Pronto llegaron vendedores con sus carritos de hot dogs que los ofrecían diez veces más caros del precio regular, Mónica se dio cuenta de que no había bajado con su bolso de mano; horas más tarde le entregaron su equipaje y su bolso, no faltaba nada, también demoraron en llevarles alimentos y bebidas, nunca supo del caos que era el interior del Del Prado, como tampoco sabía de la tragedia que se vivía en toda la ciudad.

 

Por la tarde les informaron a los huéspedes que deberían trasladarse al Hotel Presidente Chapultepec, hoy Hotel Presidente InterContinental, un rascacielos de 130 metros de altura que ha resistido diez terremotos fuertes, el trayecto lo hicieron caminando (desde la Avenida Juárez a Campos Eliseos en Polanco), Así, Mónica y sus hijos vieron por primera vez la avenida más importante del entonces Distrito Federal y conocieron, entre edificios colapsados,  el monumento a Cuauhtémoc, el Ángel de la Independencia, Chapultepec, el Museo Tamayo, Tlaloc en el Museo Nacional de Antropología y finalmente la estatua de Churchill.

 

Mónica y sus hijos, al igual que la mayoría de los huéspedes, vieron con indiferencia el bufet con que les daban la bienvenida, comieron con desgano aunque hubo otros turistas que comieron abundantemente y con prisa para después vomitar; se negaron a subir a las habitaciones que les habían asignado, esa noche durmieron en el lobby de recepción.

 

Al día siguiente, Mónica y sus hijos consiguieron volar a la ciudad de Monterrey en donde le aseguraron, nunca tiembla, así se libró de padecer la réplica (de 7.5 en escala de Richter) el viernes 20 de septiembre a las siete y media de la noche.

 

Durante los siguientes días Mónica, como muchos que vivíamos en Monterrey o en otras ciudades del país, leímos las crónicas y testimonios en UNOMASUNO y nos conmovimos con la enorme solidaridad de los mexicanos y la avalancha de la generosa ayuda extranjera que llegó a nuestro país.

 

Ese día se recuerda, entre otras cosas, como el nacimiento de la sociedad civil organizada que en 34 años ha abrazado muchas y muy diferentes causas apoyando la implementación de políticas públicas, ongs que hoy han sido abatidas por la cuarta transformación.

 

Mónica regresó a su país y durante quince años pudo ejercer su especialidad hasta que sus prioridades cambiaron y debió salir al exilio, Chávez llegó al poder en 1999 y Venezuela no volvió a ser la misma.

 

Los hijos de Mónica, hoy cincuentones, ya deben ser abuelos y algún día, en alguna charla de sobremesa, les contarán a sus nietos como vivieron en la ciudad de México el gran terremoto del 85.

 

Mónica, a sus 72 años, aún imparte un seminario en La Universidad Internacional de Florida (FIU) en Miami, y ve con mucha tristeza como nuestro país, que la albergó a ella y a sus hijos durante dos años, se derrumba azotado por el terremoto del populismo.

 

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