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EL NIDO DE LA IGUANA PERTURBADA

¿SE DEBE PROTEGER A LAS MUJERES, INCLUSO DE SÍ MISMAS?

 

Por José Arturo González Guerrero

Para las personas de mi generación, quiero decir, los que fuimos jóvenes hace 40 o 50 años, era normal ver a las personas con discapacidad recluidas en sus casas, era normal porque se consideraba que requerían extrema protección.

 

Nadie en su sano juicio hubiera permitido que un hijo o un hermano invidente se fuera a vivir por su cuenta, y si lo hiciera sería tema de preocupación recurrente.

 

Desde luego hoy, y desde hace muchos años, hemos conocido de cerca historias de superación de personas con discapacidad que llevan una vida normal, trabajan, son productivos, se desenvuelven muy bien en la industria, en la ciencia en el arte, o en el deporte y se las arreglan para vivir solos o en pareja, o incluso forman una familia.

 

Hoy la idea de que una persona con discapacidad requiere extrema protección es obsoleta; sin embargo, yo en lo personal, siempre me preocupo cuando les veo caminando solos por la calle, me preocupa verles vulnerable, expuestos a un accidente o a ser abusados.

 

Ahora, cada vez que leo notas sobre crímenes atroces en donde las víctimas son mujeres, pienso: ¿Será que esas mujeres son discapacitadas y están solas?

 

¿Esas mujeres violentadas no tienen padre, tíos o hermanos que vayan a romperle las piernas al novio o marido agresor?

 

¿Acaso no hay un adulto responsable que les ponga límites? Alguien que les diga con autoridad: “No vas, no sabemos quién es ese muchacho”.

 

Desde luego eso supondría una revictimización, porque además de sufrir la agresión se les supondría tontas, inmaduras, imprudentes, inconscientes, locotas, irresponsables… Y eso no es políticamente correcto; además supone un control del patriarcado que señala a la mujer como un ser frágil, vulnerable, y que necesita ser protegida hasta de sí misma y eso tampoco es políticamente correcto en plena era de la equidad de género.

 

Hoy leemos la nota de una joven de 23 años de edad que apareció semidesnuda, golpeada y confundida en Zacatecas; ella había asistido a una fiesta aquí en San Luis Potosí de donde se le vio salir en compañía de un hombre.

 

Habrá quien diga que ella no actuó mal, decidió ir pasarla bien con un hombre que le gustó, no andaba buscando ser objeto de una brutal agresión; el enfermo es él porque “la culpa no era de ella, ni donde estaba, ni como vestía”, y deben tener razón, las mujeres no deberían vivir con miedo y desconfianza, y el estado debe garantizarles una vida libre de violencia.

 

Sin embargo yo creo que esta muchacha debería tener por norma no salir con desconocidos, creo que alguna de sus amigas o de sus amigos debieron detenerla y decirle: “No, no te vas, has bebido mucho, te vamos a llevar a tu casa.”

 

En el documental “Las tres muertes de Marisela Escobedo”, un espléndido trabajo de Carlos Pérez Osorio (Netflix 2020) sobre el asesinato en 2010 de una madre (Marisela) que luchaba por la justicia del feminicidio de su hija; escuchamos a esta madre decir: “Siempre me voy a arrepentir de no haber impedido la relación de mi hija con ese hombre, quizá me hubiera odiado por un tiempo pero hoy estaría viva”; creo que esa declaración resume el porqué de su tenaz lucha.

 

Acepto que es un anacronismo, una idea aceda y además políticamente incorrecta pero encuentro urgente proteger a las mujeres, incluso de sí mismas… Sí, como si fueran personas con discapacidad en la década de los 50´s del siglo pasado.