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Según las crónicas de medios de comunicación y redes sociales, no solo la presidenta Claudia Sheinbaum evitó el abucheo del “pueblo bueno” al no asistir a la inauguración del Mundial México 2026, sino también los dirigentes de la autodenominada Cuarta Transformación lucieron por su ausencia.

 

La escena resulta profundamente simbólica. Durante años, Morena construyó su capital político bajo la premisa de representar al pueblo, escuchar al pueblo y gobernar para el pueblo. Sin embargo, cuando llegó uno de los eventos más importantes en la historia reciente del país, un escaparate mundial que debía servir para celebrar a México y mostrar liderazgo institucional, los principales exponentes del movimiento optaron por no dar la cara. La ausencia colectiva no parece casualidad; parece cálculo político.

 

El problema no es únicamente que no hayan asistido al partido. El problema es lo que esa ausencia representa. La Cuarta Transformación ha demostrado una notable capacidad para organizar actos partidistas, movilizaciones afines y eventos cuidadosamente controlados, pero ha exhibido serias limitaciones para concretar obras estratégicas, resolver problemas de infraestructura y cumplir con los compromisos que exigía la organización de un Mundial. A lo largo de los últimos años se prometieron mejoras urbanas, proyectos de movilidad, modernización de espacios públicos y acciones que debían estar a la altura de una justa deportiva observada por miles de millones de personas. Buena parte de esas promesas quedaron reducidas a anuncios, retrasos o proyectos inconclusos.

 

La narrativa gubernamental insiste en que el pueblo respalda de manera abrumadora al régimen. Si ello fuera cierto, la inauguración del Mundial habría sido el escenario ideal para demostrarlo. En cambio, la ausencia de los principales liderazgos alimenta una percepción cada vez más extendida: que el gobierno se siente cómodo en espacios donde controla el mensaje, pero evita aquellos donde la reacción ciudadana es espontánea e imposible de administrar desde un atril o una conferencia mañanera. Gobernar implica rendir cuentas frente a los aplausos, pero también frente a las críticas.

 

La paradoja es evidente. El movimiento que llegó al poder prometiendo cercanía con la gente parece hoy más preocupado por evitar el costo político del descontento ciudadano que por enfrentarlo. Quienes durante años acusaron a los gobiernos anteriores de vivir alejados de la realidad ahora parecen atrapados en la misma lógica que tanto cuestionaron. El discurso de la transformación permanente contrasta con una gestión que, en demasiadas ocasiones, ha privilegiado la propaganda sobre los resultados.

 

La inauguración del Mundial México 2026 debió ser una fiesta nacional. En cambio, dejó una imagen difícil de ignorar: la de una clase gobernante ausente en un momento histórico para el país. Porque al final, más allá del marcador en la cancha, lo que quedó expuesto fue algo mucho más relevante para la vida pública nacional: un gobierno que presume cercanía con el pueblo, pero que parece cada vez más incómodo cuando tiene que encontrarse con él sin filtros, sin acarreados y sin guion.