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La improvisación suele ser una de las marcas más evidentes de los gobiernos que confunden la administración pública con una permanente campaña de propaganda. Convocar de un día para otro, por la noche, a jóvenes deportistas y a sus familias para trasladarlos a un evento político al día siguiente, no es una muestra de cercanía con la ciudadanía, sino una expresión de la vieja cultura del acarreo y del uso de personas como escenografía para la imagen del gobernante en turno.

 

Los medallistas potosinos de la Olimpiada Nacional 2026 representan justamente lo contrario a esa manera de hacer política. Detrás de cada medalla hay años de disciplina, calendarios de entrenamiento, sacrificios familiares, organización de tiempos y una cultura del esfuerzo donde nada se consigue mediante la ocurrencia del último momento. Los padres de familia de los deportistas saben que el alto rendimiento exige planeación y respeto por los procesos; por ello, difícilmente responden a convocatorias improvisadas cuyo objetivo parece ser llenar fotografías oficiales.

 

Resulta revelador que quienes desde el gobierno están acostumbrados a movilizar estructuras clientelares hayan encontrado resistencia en un sector social que no depende de favores políticos ni de una relación de subordinación con el poder. El deporte forma ciudadanos acostumbrados a competir por resultados, no por aplausos comprados ni por asistencias obligadas.

 

Si efectivamente la convocatoria fue ignorada, el mensaje es contundente: los atletas y sus familias merecen respeto, no ser tratados como parte del mobiliario de un evento gubernamental. El reconocimiento a los campeones debe darse en los tiempos adecuados, con planeación y con políticas deportivas serias, no con llamados de emergencia para resolver necesidades de imagen de funcionarios que llegan tarde a valorar los logros que antes ignoraron.

 

Los gobiernos que trabajan con estrategia entienden que el ciudadano es un aliado; los gobiernos improvisados creen que es un recurso disponible a su conveniencia. Y cuando esa visión se encuentra con familias formadas en la disciplina, el orden y el mérito, sucede lo inevitable: la convocatoria política queda vacía y el poder descubre que no todos están dispuestos a prestarse para la fotografía.