La inconformidad ciudadana por la crisis de abastecimiento de agua en Soledad de Graciano Sánchez escaló luego de que elementos de la Guardia Civil municipal intervinieran para desalojar un bloqueo carretero encabezado por vecinos de varias colonias, quienes denunciaban semanas sin acceso regular al servicio.
El operativo derivó en la detención de al menos diez personas, entre ellas la regidora morenista Dulce Galván, lo que ha generado severos cuestionamientos sobre el uso de la fuerza pública frente a una protesta de carácter social.
La manifestación comenzó por la mañana en el puente de la avenida San Lorenzo, cerca del cruce con la calle San Antonio, donde habitantes de las colonias San José, Los Fresnos, San Lorenzo y sectores aledaños bloquearon la circulación para exigir una solución inmediata al desabasto.
Los manifestantes sostienen que la falta de agua se ha prolongado por varias semanas, situación que ha obligado a numerosas familias a contratar pipas particulares para cubrir necesidades básicas, generando gastos extraordinarios para hogares ya golpeados por el alza generalizada de precios.
Los vecinos también señalaron presuntas fallas operativas del Interapas, organismo al que acusan de no ofrecer respuestas claras ni apoyo suficiente mediante el suministro emergente de agua.
A las denuncias por desabasto se suma otro señalamiento particularmente delicado: vecinos sostienen que parte del problema estaría relacionado con la operación del lienzo charro Hermoso Cariño, ubicado en las inmediaciones. Esta circunstancia ha intensificado la molestia social, pues los manifestantes cuestionan que, mientras cientos de familias padecen semanas sin agua, actividades privadas vinculadas continúen operando sin una explicación técnica transparente sobre su posible impacto en el abasto.
La respuesta institucional, sin embargo, se concentró en restablecer la circulación vehicular. La intervención policial para romper el bloqueo abrió un debate sobre las prioridades gubernamentales: atender con urgencia una demanda social legítima o sofocar la protesta mediante el uso de la fuerza.
Además, decenas de videos difundidos en redes sociales muestran escenas de empujones, jaloneos y sometimientos contra manifestantes. Las imágenes exhiben a ciudadanos desarmados siendo contenidos con violencia por elementos de seguridad, fortaleciendo los señalamientos de un uso desproporcionado de la fuerza.
A este escenario se suma un elemento preocupante: el silencio de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de San Luis Potosí. Pese a la circulación masiva de videos, a la detención de manifestantes y a los señalamientos de posible abuso policial, el organismo no ha fijado postura pública.
La omisión resulta particularmente delicada tratándose de una institución cuyo mandato es vigilar posibles violaciones a derechos fundamentales. Para sectores críticos, este mutismo refuerza la percepción de una comisión cada vez más subordinada al poder político y plegada al régimen gallardista.
Más allá del bloqueo y las detenciones, el fondo del conflicto permanece intacto: cientos de familias continúan sin agua en sus hogares. La pregunta persiste: ¿por qué las autoridades actuaron con mayor rapidez para reprimir la protesta que para resolver la crisis del agua?







