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Desde Colombia llegan imágenes que deberían despertar esperanza entre los mexicanos. Mientras aquí se nos ha querido convencer de que no existe alternativa al proyecto político de Morena y que la concentración del poder es el precio inevitable de la transformación, los colombianos han demostrado que sí es posible corregir el rumbo de un país.

 

La conformación del gabinete de Abelardo de la Espriella representa mucho más que un cambio de gobierno. Es un cambio de visión sobre lo que debe ser el Estado. Su propuesta parte de una premisa que debería ser elemental en cualquier democracia moderna: los asuntos públicos deben estar en manos de quienes saben resolverlos.

 

Parece increíble que haya que decirlo en pleno siglo XXI, pero resulta necesario. La economía debe ser dirigida por economistas; la seguridad, por expertos en seguridad; la justicia, por juristas; la política exterior, por diplomáticos; y las políticas públicas, por especialistas capaces de diseñarlas y ejecutarlas. Gobernar un país no es un ejercicio de propaganda política ni un concurso de lealtades partidistas.

 

Durante décadas, América Latina ha padecido gobiernos que confunden la administración pública con la militancia ideológica. El caso del gobierno de Gustavo Petro es un ejemplo de cómo la afinidad política y la agenda ideológica pueden terminar ocupando un lugar preponderante en las decisiones de gobierno. El resultado suele ser el mismo: improvisación, polarización y una creciente distancia entre las necesidades reales de la población y las prioridades del poder.

 

La apuesta de De la Espriella es exactamente la contraria. Se trata de devolver la responsabilidad a quienes poseen la preparación y la experiencia necesarias para asumirla. No es una propuesta revolucionaria; es, simplemente, sentido común aplicado al ejercicio del gobierno.

 

Las ventajas son evidentes. Un gabinete integrado por especialistas toma mejores decisiones, genera mayor confianza en los mercados y en la comunidad internacional, ofrece mejores condiciones para la inversión y permite exigir resultados concretos a sus funcionarios. Cuando un experto fracasa, se le puede evaluar por sus resultados. Cuando gobierna la ideología, los fracasos suelen justificarse con discursos.

 

México necesita observar con atención lo que hoy sucede en Colombia. Nuestro país ha sido sometido durante años a una narrativa que divide a los ciudadanos entre buenos y malos, pueblo y adversarios, patriotas y traidores. Morena ha construido un proyecto político que ha privilegiado la lealtad al movimiento sobre la capacidad técnica en numerosos espacios del poder público, debilitando instituciones que costaron décadas construir.

 

Lo más preocupante no es únicamente quién gobierna, sino la resignación que comienza a instalarse entre muchos mexicanos. Existe la peligrosa idea de que el rumbo actual es irreversible y que no hay alternativa posible. Colombia acaba de demostrar que eso es falso.

 

Las democracias cambian. Los gobiernos terminan. Los proyectos políticos son sustituidos cuando los ciudadanos deciden exigir algo mejor. Ningún partido político es dueño permanente de una nación.

 

Si los colombianos pueden apostar por un gobierno integrado por especialistas y comprometido con recuperar la eficiencia del Estado, los mexicanos también podemos hacerlo. Podemos aspirar a un país donde los cargos públicos se otorguen por capacidad y no por militancia; donde las instituciones vuelvan a ser más importantes que los partidos políticos; y donde la política deje de ser un espectáculo ideológico para convertirse nuevamente en un instrumento al servicio de los ciudadanos.

 

Lo que hoy ocurre en Colombia no es únicamente una noticia internacional. Es un recordatorio de que el cambio es posible. Es la prueba de que los pueblos pueden recuperar el rumbo cuando deciden hacerlo.

 

México también puede recuperar su futuro. La pregunta es si tendremos la voluntad de exigirlo.