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Causa cierta ternura observar a quienes sueñan con convertirse en candidatos a algún puesto de elección popular, pero que, sin embargo, no reúnen siquiera alguno de los requisitos mínimos para lograrlo.

 

En la oposición, la primera condición es el dinero. Hay que pagar a decenas de personas, servicios, publicidad, traslados y toda una estructura que permita darse a conocer y posicionar una opción política. No hay de otra.

 

Si no tienes dinero para construir presencia y hacer visible tu proyecto, todavía existe otro camino: el valor. El valor de salir a señalar las corruptelas del régimen gallardista oficialista, de denunciar aquello que otros prefieren callar y de hacerlo de manera constante, en las calles y en todas las redes sociales.

 

Pero si no tienes dinero ni valor para confrontar al oficialismo, entonces queda una tercera posibilidad: las ideas.

 

Ideas claras, coherencia, argumentos y, sobre todo, muchas ganas de recorrer cientos de casas, tocar puertas y convencer a los ciudadanos de que existe una alternativa distinta. Una candidatura no se construye solamente con discursos; también requiere trabajo de territorio, cercanía y capacidad para convencer.

 

Hasta el momento, no he visto a ningún precandidato de la oposición desarrollar una precampaña con alguno de estos tres elementos de manera contundente: dinero, valor o ideas.

 

Del lado del oficialismo gallardista, la ecuación parece ser distinta.

 

Los aspirantes requieren, ante todo, servilismo y la voluntad del llamado padrino para ser seleccionados entre cientos de iguales. Aquí poco importa si tienes dinero, porque, llegado el momento, Gallardo puede ponerlo. Tampoco parece indispensable el valor; si alguna vez se requiere, será para salir de la ratonera.

 

Y si tienes ideas, más vale que sean para hacer chapuza. Ideas propias, independencia y criterio parecen ser cualidades poco útiles cuando lo que se busca es agradar al poder.

 

Hasta el momento, la única candidata del régimen gallardista que se observa abiertamente en campaña y con suficiente dinero para hacer notar su presencia es Ruth González.

 

Los demás parecen seguir esperando la señal del padrino.

 

Porque, al final, en política siempre hay quienes quieren ser candidatos. Lo difícil es demostrar por qué deberían serlo.

 

Y en la oposición, por ahora, la pregunta sigue en el aire: ¿quién tiene dinero, quién tiene valor y quién tiene ideas?