Banner 2
previous arrow
next arrow

El autodenominado padrino Ricardo Gallardo se engaña solo. Las decisiones absurdas que toma no son producto de un liderazgo firme, vertical o de un gran dirigente. Son posibles porque gobierna rodeado de funcionarios de muy bajo perfil, frente a una oposición de muy bajo perfil y ante una ciudadanía que, peligrosamente, comienza a acostumbrarse a todo.

 

Quien se crea el personaje del gobernador recio que despide al que supuestamente no trabaja, que supuestamente exige jornadas de 24/7 y que supuestamente mantiene a sus funcionarios bajo presión permanente, está siendo engañado. En el gobierno de Gallardo, la permanencia de un funcionario no depende de su eficiencia, de sus resultados o de las horas que permanezca en una oficina. Depende, sobre todo, de su obediencia.

 

El verdadero requisito es la entrega absoluta de la voluntad. No basta con trabajar; hay que obedecer. No basta con tener capacidad; hay que ser leal. Hay que evitar incomodar al jefe. Y cuando llega una decisión cuestionable, el funcionario tiene dos caminos: obedecer o asumir las consecuencias.

 

Por eso resulta tan reveladora la salida de funcionarios. El caso de Leticia Vargas Tinajero es ilustrativo. Gallardo dice que no pudo soportar el ritmo de trabajo y que había que “descansarla”. Y ella aguantó vara. Qué clase de persona es Leticia.

 

D de verdad es lógico que una secretaria de Obras pueda aceptar dejar el cargo estatal para terminar en una oficina municipal. Ya ocurrió con el anterior secretario de Finanzas y también con el exsecretario de Educación. El mensaje es demoledor: en lugar de defender posiciones, principios o decisiones propias, algunos funcionarios parecen entender la política como la administración de su propia supervivencia.

 

Y Gallardo puede construir ese ecosistema porque encuentra terreno fértil. Una clase política que no confronta, dirigentes opositores que parecen haber perdido la capacidad de incomodar al poder y ciudadanos que, en demasiadas ocasiones, observamos desde la distancia cómo se deterioran las instituciones.

 

El problema, entonces, ya no es solamente Gallardo. El problema es el ecosistema que lo rodea.

 

Un gobernante puede intentar imponer su voluntad, pero necesita funcionarios dispuestos a obedecerla, opositores dispuestos a tolerarla y ciudadanos dispuestos a soportarla. Cuando esas tres condiciones se juntan, el poder deja de tener contrapesos.

 

Y quizá por eso el “padrino” se siente tan poderoso. No necesariamente porque sea un dirigente excepcional, sino porque demasiados a su alrededor han decidido no arriesgar su comodidad, su cargo o su futuro político por defender una convicción.

 

Eso sí es bajo perfil.

 

Y hay que decirlo sin eufemismos: quien no siente ninguna incomodidad por vivir políticamente de rodillas, difícilmente entenderá el valor de mantenerse de pie.

 

La dignidad pública no se mide por cuánto tiempo se permanece en un cargo, ni por cuántas horas se trabaja, ni por cuántas veces se obedece al jefe. Se mide por la capacidad de decir no cuando el poder pretende convertir la obediencia en virtud.

 

Porque al final, Gallardo no gobierna solo.

 

También gobiernan —por acción u omisión— quienes le obedecen, quienes callan y quienes, pudiendo levantar la voz, prefieren agachar la cabeza.

 

Y cuando una sociedad empieza a nivelarse hacia abajo, el problema deja de ser solamente tener un gobierno de bajo perfil.

 

El verdadero peligro es terminar teniendo una ciudadanía que ya no aspira a nada.