Quienes pretendan encabezar representación electoral de una oposición real para hacer frente a regímenes de Morena y Verde en San Luis Potosí deberían reunir varias condiciones: tener capital político reconocido, capacidad económica para competir, un proyecto razonable, preparación y experiencia. Pero, por encima de todo, deberían haber demostrado algo fundamental: carácter.
Carácter para enfrentar y cuestionar, en los hechos y públicamente, a Ricardo Gallardo y al morenismo.
La oposición no se construye cuando llegan las elecciones. Se demuestra mucho antes, cuando cuestionar al poder tiene costos, cuando levantar la voz puede generar consecuencias y cuando resulta más cómodo guardar silencio.
Por eso, deberían quedar fuera de cualquier proyecto electoral verdaderamente opositor aquellos diputados que se reúnen en lo oscurito con Gallardo y su gente; quienes han respaldado públicamente iniciativas legislativas absurdas impulsadas por el mandatario estatal; quienes en privado justifican su silencio diciendo que tienen miedo; quienes acuden como ahijados a eventos oficiales del gobierno y aceptan ese papel, aun cuando desde el propio poder se les descalifica con el discurso de la llamada herencia maldita.
Deberían quedar fuera, también, quienes simplemente no han estado a la altura de ser oposición.
Los que callaron como momias cuando era necesario hablar.
Quien aspira a representar a los ciudadanos debe estar dispuesto a defenderlos, particularmente cuando hacerlo resulta incómodo o implica enfrentarse al poder.
Más aún, deberían cuestionarse seriamente aspiraciones de quienes durante estos años tampoco se han preocupado por organizar ciudadanos, movilizar a su sector, construir redes sociales o generar una verdadera estructura cívica capaz de hacer frente al creciente poder autoritarismo.
Una personalidad electoral ciudadana no puede improvisarse unos meses antes de una elección.
Se construye con valor, congruencia, rectitud, trabajo y empatía.
¿Esto suena a utopía?
Es posible.
Pero hay que decirlo.
Los ciudadanos no podemos simplemente conformarnos con la dinámica política que nos están imponiendo Verónica Rodríguez, Marcelo de los Santos, Rubén Guajardo, los Azuara, Sara Rocha y Marco Gama.
Sí, ellos tienen el control de los partidos de oposición. Tienen las estructuras, las dirigencias y buena parte de las decisiones sobre candidaturas.
Pero controlar un partido no significa necesariamente representar una oposición a la altura de lo que San Luis Potosí necesita.
Aquí está el verdadero problema.
Si los ciudadanos dejamos que las mismas estructuras decidan quiénes serán los candidatos, corremos el riesgo de, aún ganando, tener la misma mala calidad de gobernantes.
Por eso los ciudadanos debemos comenzar a organizarnos también fuera de los partidos.
De manera individual, en familia, entre amigos, en organizaciones civiles, sectores productivos, universidades, colonias y comunidades. Para cuestionar, proponer, debatir y, llegado el momento, encauzar apoyos hacia personas valiosas que tengan capacidad, preparación, independencia y, sobre todo, el valor para enfrentar al poder.
No se trata de inventar héroes.
Se trata de identificar a quienes ya han demostrado, con hechos, de qué lado están cuando llega la hora de tomar decisiones difíciles.
San Luis Potosí necesita una oposición que no tenga que pedir permiso para ser oposición.
Una oposición que no dependa de acuerdos bajo la mesa.
Una oposición que no tenga miedo.







