Se necesita ser muy cara dura para ser un gobernante autoritario, machista y ególatra. Y para ser todo esto, se requiere también ser ignorante de muchas cosas: de los principios básicos del respeto, del amor, de la convivencia cívica y, sobre todo, de la democracia.
Esta es la manera más delicada que encuentro para desmenuzar la entrevista que el autodenominado padrino, Ricardo Gallardo, concedió al periódico Pulso.
Dice el mandatario que Ruth puede esperar. Sus palabras expresan con bastante claridad lo que él es y la manera en que entiende el poder: como si fuera dueño de la voluntad de los demás, como si él decidiera cuándo, cómo y para qué.
No hay mucho que escarbar, con su propia pala, para entender de qué lado masca la iguana.
Yo creo que está mintiendo respecto a que su esposa podría no ser la candidata del Verde a la gubernatura, pero eso lo sabremos en las próximas semanas.
Otro dato interesante de la entrevista aparece cuando dice que le encantaría ir a la campaña. Obvio que lo va a hacer, porque piensa que una campaña política puede convertirse en su salvoconducto hacia la impunidad. Sin embargo, cuando los gringos entran al juego, si es que lo hacen, no hay fuero que salve. Pregúntenle a Rocha Moya.
Con Gallardo en campaña vamos a ver de qué están hechos los jubilados del Gobierno del Estado, los empresarios afectados por el abuso gallardista, los empleados estatales que han sido sometidos a prácticas indignas y, sobre todo, los potosinos que están en contra del derroche abusivo y que creen en la verdad, la transparencia, la legalidad y la democracia.
Gallardo dice tener proyectado un cacicazgo hasta el año 2035. A mí me parece que no da ni para un segundo sexenio.







