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Morena la tenía fácil. Bastaba con atender o, cuando menos, administrar con responsabilidad problemas más urgentes del país.

 

Optó por otro camino: concentrar esfuerzos en debilitar, capturar o desaparecer instituciones democráticas, modificar reglas del juego y construir condiciones para que su movimiento político permanezca en el poder tanto tiempo como le sea posible.

 

Andrés Manuel López Obrador sabía que su liderazgo no sería eterno. Consciente de que el tiempo y las circunstancias terminarían por apartarlo de la primera línea política, dedicó buena parte de sus esfuerzos a consolidar un proyecto de continuidad para Morena y para quienes integran su círculo político.

 

Sin embargo, hay una pregunta que resulta inevitable: ¿no habría sido más sencillo, más útil y, sobre todo, más loable que López Obrador concentrara esa energía política en resolver los problemas nacionales? ¿Por qué dedicar tantos esfuerzos a transformar las instituciones y concentrar poder?.

 

El expresidente conoce perfectamente a muchos de los personajes que lo acompañaban. Sabe qué clase de políticos se acomodaban bajo la bandera de la transformación, cuáles eran sus ambiciones y hasta dónde podían llegar para conservar sus privilegios. Entonces, ¿para qué construir las condiciones que les permitieran seguir gobernando? ¿Por qué apostar la continuidad de un proyecto político antes que la consolidación de un país con instituciones fuertes y servicios públicos eficientes?

 

Durante años se advirtió que López Obrador representaba un peligro para México. Hoy, quienes sostenemos una visión crítica de su proyecto encontramos motivos para insistir en aquella advertencia: el riesgo no se limita a una persona, sino a la concentración del poder, al debilitamiento de los contrapesos y a la pretensión de convertir un movimiento político en una estructura capaz de sobrevivir por encima de las instituciones.

 

El desastre que se denuncia en el sector salud es una muestra dolorosa de esa realidad. En San Luis Potosí, los trabajadores del Hospital Central Doctor Ignacio Morones Prieto llegaron al límite y salieron a las calles para exigir insumos, personal suficiente y mejores condiciones laborales. Su protesta no es un simple episodio de inconformidad sindical. Es el grito de quienes tienen que realizar su trabajo en condiciones que consideran insostenibles, mientras los pacientes dependen de un sistema que debería protegerlos.

 

Detrás de esos trabajadores hay millones de mexicanos que conocen el horror de buscar atención en hospitales públicos: pacientes que esperan, familias que padecen la incertidumbre, personal médico y de enfermería que debe enfrentar carencias y ciudadanos que no tienen dinero para acudir a servicios privados.

 

Lo que resulta difícil de comprender es que algunos de quienes padecen esas deficiencias sigan defendiendo a capa y espada al movimiento político al que se atribuye buena parte de la responsabilidad por el deterioro de los servicios públicos. ¿Cómo puede alguien colocar su lealtad partidista por encima de sus propias necesidades? ¿En qué momento la defensa de un proyecto político se vuelve más importante que exigir medicamentos, médicos, hospitales dignos y atención oportuna?

 

El poder es temporal, la propaganda se desgasta y los liderazgos desaparecen. Las consecuencias de un mal gobierno, en cambio, pueden acompañar a un país durante generaciones.