Lo que ocurre en el Instituto Nacional Electoral (INE) es consecuencia de una dinámica política que, desde sus orígenes, ha estado marcada por señalamientos de corrupción, acuerdos de poder y compromisos con intereses que poco tienen que ver con el bienestar de México. La mal llamada Cuarta Transformación, que prometió acabar con los vicios del pasado, terminó atrapada en sus propias contradicciones: las mismas que cuestionó cuando buscaba llegar al poder. Como suele ocurrir con los proyectos políticos que sacrifican los principios en favor de la conveniencia, el desenlace es costoso y doloroso.
Algunos sostienen que Andrés Manuel López Obrador pudo haber pasado por la Presidencia sin mayores sobresaltos, administrando el poder y evitando los conflictos que marcaron su gobierno. Quizá, desde su propia perspectiva, habría podido consolidar la imagen del mejor presidente de la historia de México. Pero la ecuación no era tan sencilla. Su llegada al poder estuvo acompañada de alianzas con una amplia variedad de grupos de interés: empresarios, políticos cuestionados y personajes cuyas actividades han sido objeto de investigaciones y señalamientos relacionados con redes de corrupción y delincuencia organizada. La crítica central no es solamente que esas alianzas existieran, sino que hoy persisten interrogantes sobre los compromisos adquiridos, los beneficios obtenidos y la protección política que algunos de esos actores pudieron recibir. Los reportajes periodísticos, las investigaciones oficiales y los procedimientos desarrollados en Estados Unidos forman parte de un conjunto de elementos que deben examinarse con rigor y sin impunidad.
En ese contexto, los escándalos que rodean a Guadalupe Taddei, presidenta del INE, y los cuestionamientos sobre su cercanía con Morena y las circunstancias de su llegada al organismo electoral, terminaron reproduciendo prácticas que prometió erradicar. El INE no es cualquier institución: es una pieza fundamental para garantizar la confianza ciudadana en las elecciones y la imparcialidad de la democracia mexicana. Por eso, cualquier señalamiento de ilegalidad, conflicto de interés o uso faccioso del poder debe investigarse y esclarecerse. La renuncia de Taddei, sin embargo, no resuelve por sí sola los problemas de fondo. Reconstruir la confianza en las instituciones y recuperar el país será un camino largo, complejo y doloroso. La historia terminará juzgando a la mal llamada Cuarta Transformación no por sus discursos ni por sus promesas, sino por sus actos, sus alianzas y las consecuencias que deja a México.







