Guadalupe Taddei no engañó a Morena. No se transformó en una política distinta al convertirse en presidenta del Instituto Nacional Electoral. Era la misma que los dirigentes morenistas conocían, la misma que impulsaron y la misma que colocaron al frente del organismo encargado de arbitrar las elecciones en México.
Resulta tan cínico que hoy algunos de sus promotores pretendan condenarla y exigir que termine en la cárcel. Taddei no llegó por accidente, ni fue una imposición ajena al movimiento. Su ascenso fue una decisión de Andrés Manuel López Obrador y su camarilla.
Los dirigentes que la encumbraron son los mismos que siguen operando desde las entrañas de Morena. No hubo engaño, no hubo una funcionaria que de pronto cambiara de personalidad, ni una sorpresa que tomara desprevenidos a sus padrinos políticos. Lo que ocurrió es que las prácticas de corrupción, las complicidades y los intereses político-electorales se desbordaron hasta alcanzar dimensiones que ya no pudieron controlar. Ahora pretenden presentar a Taddei como si fuera una anomalía, cuando en realidad es parte de la misma estructura que la llevó al poder.
Guadalupe Taddei es el reflejo de Morena y Morena es el reflejo de Andrés Manuel López Obrador. Un movimiento donde las ambiciones personales, las redes de complicidad y la utilización de las instituciones para satisfacer intereses políticos terminaron por convertirse en una forma de ejercer el poder.
No se trata de un caso aislado, ni de una funcionaria que traicionó a sus compañeros. Se trata de un sistema político que opera con los mismos personajes, los mismos mecanismos y los mismos intereses. Taddei no es una excepción: es una expresión de ese sistema.
La hipocresía de Morena queda expuesta cuando quienes participaron en su ascenso ahora exigen su condena. No pueden lavarse las manos ni fingir que desconocían a la persona que colocaron al frente del INE. Son los mismos, con las mismas mañas, las mismas trampas y el mismo propósito de conservar el poder a cualquier costo.
Taddei y Morena son el retrato de un movimiento que ha hecho de las complicidades su principal instrumento político. López Obrador, como fundador y principal referente de ese proyecto, no puede quedar al margen de una realidad que lleva su sello. La corrupción no es una desviación de Morena: es la evidencia más contundente de lo que representa.







