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Después de dedicar su vida a luchar por un México más democrático, justo y libre del presidencialismo autoritario, me atrevo a decir que, en algún momento, al final de su existencia, el ingeniero Cuauthemoc Cárdenas seguramente habría sentido una profunda frustración al ver cómo varios de quienes debían dar continuidad a su lucha le salieron balines.

 

En 1988, Cárdenas encabezó una de las mayores rebeliones políticas de la historia contemporánea de México. Millones de ciudadanos vieron en él la esperanza de derrotar al régimen priista y construir una democracia auténtica. Su lucha no consistía simplemente en cambiar a los ocupantes del poder, sino en terminar con el presidencialismo omnipotente, fortalecer las instituciones y evitar que el Estado volviera a convertirse en patrimonio de un solo hombre o de un grupo político.

 

La mayor contradicción llegó con Andrés Manuel López Obrador. El antiguo aliado de Cárdenas combatió durante años al sistema priista, pero, una vez en la Presidencia, reprodujo prácticas de concentración de poder y confrontación política que chocaban con buena parte de las aspiraciones democráticas de aquella lucha. Lopez Obrador hizo descalificaciones recurrentes a críticos y adversarios, sus enfrentamientos con organismos autónomos y sus iniciativas para modificar instituciones y contrapesos alimentaron una pregunta fundamental: ¿para qué combatir el presidencialismo autoritario si, al llegar a Palacio Nacional, se vuelve a colocar la voluntad del presidente en el centro de la vida pública? López Obrador dice que impulsó programas sociales y cambios respaldados por millones de mexicanos, pero esos logros no cancelan el examen crítico de su relación con los límites institucionales y el pluralismo democrático.

 

La ironía alcanza también al entorno familiar y político del ingeniero. Su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, colabora con la mal llamada cuarta transformación, y; en Michoacán, amigos y colaboradores protagonizaron sus propias contradicciones. Nadie está obligado a reproducir las ideas de su padre ni a mantener fidelidades políticas eternas. Sin embargo, es legítimo preguntarse cuánto sobrevivió de la causa original entre quienes heredaron sus apellidos, sus relaciones y su capital político. Una cosa es beneficiarse de una lucha y otra demostrar que se está dispuesto a defender los principios que la hicieron posible.

 

Cuauhtémoc Cárdenas seguramente habría encontrado motivos de frustración al observar la distancia entre sus aspiraciones y el rumbo que tomaron algunos de sus antiguos compañeros. No podemos afirmar qué sintió en privado, pero el contraste histórico es evidente: su aliado López Obrador llegó al poder con la promesa de transformar el sistema y terminó envuelto en controversias sobre prácticas presidenciales que la izquierda había prometido superar. La tragedia no fue solamente que su hijo, su aliado y varios amigos y colaboradores le salieran balines; fue que la izquierda que ayudó a construir terminara enfrentada a sus propias promesas. Ganar la Presidencia no significa consumar una transformación, y gobernar en nombre del pueblo no exime a nadie de respetar las instituciones, aceptar la crítica y rendir cuentas.