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El movimiento del IMSS deja una lección política que la oposición mexicana debería estudiar con atención: al poder no se le enfrenta con discursos cómodos, declaraciones tibias ni cálculos electorales; se le enfrenta con organización, resistencia, independencia y determinación. Durante siete años, los trabajadores soportaron las consecuencias de las políticas de la mal llamada Cuarta Transformación. Resistieron en la primera línea, atravesaron una pandemia y enfrentaron el deterioro de sus condiciones sin abandonar la lucha. Aguantaron hasta que el hartazgo se convirtió en organización y la inconformidad encontró una causa común. Lo que hoy estamos viendo no es una rebelión improvisada, sino el resultado de años de agravios acumulados.

 

Cuando el conflicto estalló y salieron a las calles para protestar contra una dirigencia que consideran entregada y corrompida, los trabajadores entendieron que no bastaba con denunciar: había que recuperar su representación. No cayeron en la tentación de aceptar migajas a cambio de silencio, ni se conformaron con promesas para desactivar el movimiento. Fueron a la consulta, ganaron y continuaron adelante. Ahora, la lucha apunta a destituir al dirigente sindical que rechazan y a transformar una estructura que consideran sometida. Esa es la diferencia entre una protesta pasajera y un movimiento que ha decidido disputar el poder que lo oprime: no detenerse ante la primera concesión ni confundir una victoria parcial con el final del camino.

 

Pero la mayor lección política está en el siguiente paso: llevar su propia mañanera al Zócalo para confrontar públicamente al Gobierno. Si se concreta en los términos planteados, será mucho más que un acto simbólico. Será la demostración de que el monopolio de la palabra no le pertenece al presidente ni a su maquinaria de propaganda. Frente a un Gobierno al que acusan de mentir, omitir responsabilidades y responder con torpeza a los problemas del país, los trabajadores buscan construir un espacio propio para exhibir contradicciones, presentar sus argumentos y disputar la narrativa oficial. Cuando el poder utiliza sus conferencias para imponer su versión de la realidad, la respuesta no puede limitarse a quejarse de sus mentiras: hay que confrontarlas públicamente, una por una, con argumentos, evidencias y organización.

 

La pregunta inevitable es por qué la oposición partidista no hizo algo semejante desde el principio del gobierno de López Obrador. ¿Por qué no estableció un espacio permanente para desmontar sus afirmaciones, exhibir sus contradicciones y explicar a los mexicanos las consecuencias de sus decisiones? ¿Por qué permitió que las mañaneras se convirtieran en el principal instrumento de comunicación política del régimen sin construir una respuesta de igual persistencia? La explicación es incómoda: hubo timidez, desorganización, falta de carácter y una enorme incapacidad para entender la naturaleza del adversario. Algunos prefirieron administrar sus derrotas; otros apostaron a sobrevivir políticamente, esperando recuperar posiciones en las urnas, en lugar de librar una batalla cotidiana por la opinión pública. Mientras el oficialismo ocupaba cada mañana el espacio mediático, sus adversarios dejaron vacía una tribuna que nunca debieron regalar.

 

La lección del movimiento del IMSS es brutal para quienes se dicen oposición: no basta con tener la razón; hay que defenderla, comunicarla y sostenerla hasta sus últimas consecuencias. Los trabajadores están demostrando que la resistencia no consiste en esperar a que el poder cambie de actitud, sino en construir la fuerza necesaria para obligarlo a responder. Si pueden organizarse, desafiar a sus dirigentes, ganar una consulta y plantarse frente al Gobierno con una voz propia, los partidos opositores no tienen excusa para seguir actuando como espectadores. México necesitaba desde el inicio una oposición capaz de confrontar al poder todos los días, no una que apareciera solamente en las campañas. La mañanera alternativa llega tarde para corregir los silencios del pasado, pero puede convertirse en una señal de lo que hace falta para el futuro: menos subordinación, menos cálculo y más dignidad para enfrentar a un poder que nunca debe sentirse dueño de la verdad ni del país.