Hay una paradoja que debería preocupar profundamente a quienes todavía creen que la democracia mexicana necesita contrapesos: mientras los gobiernos de Morena y sus aliados del Verde consolidan posiciones de poder, buena parte de la oposición parece empeñada en hacer exactamente lo necesario para que esos gobiernos sigan ganando.
No hace falta imaginar conspiraciones. Basta observar los resultados.
La oposición partidista ha convertido su propia incapacidad en una agenda política. Falta de creatividad para construir alternativas; miedo para confrontar decisiones cuestionables; incompetencia para articular una verdadera defensa ciudadana; omisiones frente a abusos; y, en algunos casos, una cercanía tan conveniente con el poder que termina borrando cualquier diferencia entre opositores y aliados.
El problema no es solamente que los partidos de oposición pierdan elecciones. El verdadero problema es que, con frecuencia, parecen no entender por qué las pierden.
Mientras Morena y el Verde ocupan espacios, colocan temas en la conversación pública y establecen buena parte de la agenda política, los dirigentes opositores continúan comportándose como si bastara con administrar sus estructuras, repartir candidaturas entre los mismos grupos y esperar que el desgaste del gobierno haga el trabajo que ellos no quieren o no pueden hacer.
Ese es el verdadero triunfo del oficialismo: una oposición que se derrota a sí misma.
Porque una oposición que no cuestiona, que no propone, que no investiga, que no denuncia y que no defiende al ciudadano deja de ser contrapeso para convertirse en decoración democrática.
Y cuando además quienes encabezan esos partidos son los mismos personajes de siempre, los ciudadanos reciben un mensaje desalentador: para cambiar las cosas hay que votar por los mismos de siempre, solamente con otro logotipo.
No.
México necesita una renovación profunda de la representación política.
Los partidos de oposición deberían entender que sus próximas candidaturas no pueden convertirse nuevamente en premios para dirigentes, amigos, grupos internos o personajes que llevan años viviendo de la política. Si realmente quieren competir contra Morena y el Verde, necesitan abrir las puertas a ciudadanos con credibilidad, capacidad, independencia y, sobre todo, con el valor suficiente para enfrentarse al poder.
Ciudadanos que no tengan compromisos con los actuales dirigentes partidistas.
Ciudadanos que no necesiten pedir permiso para criticar.
Ciudadanos que no tengan miedo de señalar irregularidades aunque el responsable pertenezca a un partido poderoso.
Ciudadanos que entiendan que ocupar una curul, una presidencia municipal o cualquier cargo público no significa obtener un privilegio, sino asumir una responsabilidad.
La oposición necesita dejar de buscar candidatos dóciles y comenzar a buscar representantes incómodos.
Incómodos para Morena.
Incómodos para el Verde.
Pero también incómodos para sus propios partidos.
Porque un verdadero representante ciudadano no puede convertirse en empleado del dirigente que lo postuló. Su compromiso fundamental debe ser con quienes votaron por él.
De lo contrario, solamente estaremos cambiando los nombres de las boletas mientras permanecen intactas las prácticas que han permitido la concentración del poder.
La sociedad civil, los profesionistas, los empresarios, los académicos, los deportistas, los periodistas, los activistas y todos aquellos ciudadanos que han demostrado capacidad crítica deben comenzar a exigir espacios reales de representación.
No como invitados de los partidos.
Como protagonistas.
Y los partidos deberían entender una cosa elemental: si no son capaces de renovarse voluntariamente, los ciudadanos tendrán que obligarlos mediante el voto.
La agenda de la incompetencia solamente favorece al poder.
Cada silencio de la oposición fortalece al gobierno.
Cada omisión facilita el abuso.
Cada candidatura reciclada decepciona al ciudadano.
Cada acuerdo oscuro destruye credibilidad.
Y cada dirigente que antepone la supervivencia de su grupo al interés público contribuye, voluntaria o involuntariamente, a que Morena y el Verde continúen ampliando su dominio.
Por eso el debate no debería limitarse a preguntarnos quién será el próximo candidato de la oposición.
La pregunta correcta es mucho más profunda:
¿Quién puede representar realmente a los ciudadanos frente al poder?
Si la respuesta vuelve a ser la misma de siempre, el resultado probablemente también será el mismo.
La oposición no necesita solamente cambiar de discurso. Necesita cambiar de protagonistas.
Porque mientras los ciudadanos sigan viendo en las boletas a los mismos dirigentes, los mismos grupos, los mismos intereses y las mismas complicidades, Morena y el Verde tendrán enfrente no una oposición vigorosa, sino una oposición administrada.
Y una oposición administrada no derrota al poder.






