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Olga Sánchez Cordero anunció su retiro de la política argumentando razones de edad y el deseo de regresar a la academia. Es una decisión respetable en lo personal, pero obliga a revisar el legado que deja. Y el balance, para muchos, es bastante pobre.

 

Cuando se sumó al proyecto de Andrés Manuel López Obrador, su trayectoria como exministra de la Suprema Corte generó expectativas de institucionalidad y respeto al Estado de derecho. Sin embargo, aquella imagen terminó diluyéndose en una disciplina política casi absoluta. Quien prometía ser una voz independiente acabó justificando decisiones ampliamente cuestionadas. Más que contrapeso, fue acompañamiento.

 

Su paso por la Secretaría de Gobernación fue gris. La dependencia perdió relevancia y ella nunca logró convertirse en una figura central del gabinete. No dejó reformas memorables ni resultados destacados. Lo que sí dejó fue la impresión de haber pasado por el cargo sin pena ni gloria.

 

La mayor contradicción de su trayectoria fue evidente: la defensora de las instituciones terminó respaldando a un gobierno enfrentado constantemente con jueces, organismos autónomos y contrapesos democráticos. En los momentos clave, su silencio pesó más que cualquier discurso.

 

Ahora vuelve a la academia. Está en su derecho. Pero su paso por el poder será juzgado por resultados, no por credenciales. Y ahí el veredicto parece claro: muchas expectativas, poca influencia y un legado difícil de presumir.