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Hay escenas que deberían provocar indignación inmediata. Personas acostadas en sillas metálicas durante horas. Pacientes esperando atención en pasillos. Familiares durmiendo en el piso. Baños en malas condiciones. Escasez de personal. Camillas insuficientes. Enfermos que, además de cargar con el dolor de una enfermedad, deben soportar la humillación de un sistema saturado.

 

Sin embargo, ocurre algo extraño: vemos esas imágenes una y otra vez y cada vez nos conmueven menos.

 

Mientras miles de derechohabientes enfrentan diariamente las deficiencias del sistema público de salud, los gobiernos destinan millones de pesos a espectáculos, festivales, conciertos y campañas de promoción política disfrazadas de entretenimiento. La discusión no es si la cultura, el deporte o las festividades son importantes. Lo son. La pregunta es otra: ¿qué clase de sociedad observa el deterioro de sus hospitales y aun así aplaude sin cuestionar el orden de las prioridades?

 

Quizá el problema no sea únicamente de los gobernantes.

 

Los políticos hacen lo que la sociedad les permite hacer.

 

Cuando una multitud llena una plaza para una fiesta gubernamental, pero apenas unas decenas protestan por la falta de medicamentos, el mensaje es contundente. Cuando las redes sociales se incendian por el artista invitado de una feria, pero guardan silencio ante las condiciones de una sala de urgencias, los gobernantes entienden perfectamente qué genera costo político y qué no.

 

Durante años hemos aprendido a sobrevivir en lugar de exigir. Nos acostumbramos a escuchar que no hay presupuesto para médicos, pero sí para espectáculos. Que faltan camas, pero sobran eventos. Que las familias deben comprar medicamentos por su cuenta mientras se anuncian inversiones millonarias en imagen pública.

 

Y entonces ocurre lo más peligroso: dejamos de sorprendernos.

 

La resignación es el combustible más poderoso de cualquier mal gobierno.

 

Quizá resulte incómodo decirlo, pero una parte de la responsabilidad también nos pertenece. Porque el político que derrocha recursos públicos existe gracias a ciudadanos que toleran, justifican o minimizan ese comportamiento. Porque cada vez que cambiamos una exigencia por una porra, cada vez que aceptamos una explicación absurda, cada vez que preferimos el espectáculo antes que la rendición de cuentas, fortalecemos exactamente aquello que después criticamos.

 

No somos estúpidos. Sería demasiado fácil explicarlo así.

 

Lo que somos, muchas veces, es una sociedad cansada, resignada y acostumbrada a sobrevivir. Y esa resignación termina convirtiéndose en complicidad involuntaria.

 

La verdadera pregunta no es por qué los gobernantes gastan millones mientras los hospitales enfrentan carencias.

 

La verdadera pregunta es por qué seguimos premiando políticamente a quienes lo hacen.

 

Porque ningún gobierno cambia sus prioridades hasta que los ciudadanos cambian las suyas.

 

Y mientras el dolor en las salas de urgencias siga generando menos indignación que una fiesta financiada con recursos públicos, la tragedia continuará repitiéndose, año tras año, presupuesto tras presupuesto, administración tras administración.

 

No porque falten diagnósticos.

 

Sino porque sobra indiferencia.