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Los mexicanos que creemos que Andrés Manuel López Obrador y su movimiento han significado un grave retroceso para la vida democrática del país nos sentimos aliviados de que, de manera circunstancial, algo o alguien esté poniendo en su lugar a quienes ya se creían arrogantes e impunes de manera perpetua.

 

La orden de detención contra el ahora gobernador con licencia Rubén Rocha Moya; la noticia de que el gobernador Ricardo Gallardo contrató a un prominente abogado estadounidense para defenderse ante una eventual acusación, y; ahora, el reconocimiento, por parte del propio Andy López, de que le fue cancelada la visa estadounidense, son tres momentos que generan un profundo beneplácito.

 

Estos acontecimientos marcan, desde esta perspectiva, el inicio de la debacle del régimen cuatroteísta y de sus aliados verdes. López Obrador hizo de campaña la promesa de que barrería la corrupción “de arriba para abajo”, algo que, en los hechos, nunca hizo.

 

Ahora, los estadounidenses le aplican, sin proponérselo, la misma fórmula, pero con una diferencia: ellos sí parecen dispuestos a llevarla a cabo. Están ejecutando su estrategia en México de arriba hacia abajo, y ya comenzaron con algunos gobernadores y con el vástago de López Obrador.

 

No hay mal que dure cien años, aunque haya ingenuos que tengan intención de soportarlo