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Mientras millones de mexicanos sufren, gritan, celebran y hasta se infartan frente a la televisión por cada partido de la selección, hay un sector de la llamada “transformación” que brilla… pero por su ausencia.

 

La primera en marcar distancia fue Claudia Sheinbaum. Todo apunta a que prefirió evitar la inauguración del Mundial antes que exponerse a una rechifla monumental. No es para menos: una cosa es controlar la narrativa en la mañanera y otra muy distinta enfrentarse a 80 mil gargantas que no piden aplausos, sino resultados.

 

Pero el fenómeno no termina ahí.

 

¿Dónde está Gerardo Fernández Noroña, siempre tan dispuesto a dar cátedra de soberbia en tribuna? Resulta extraño no verlo en las gradas pontificando sobre el fuera de lugar como si fuera reforma constitucional.

 

¿Y Adán Augusto López Hernández? Tampoco aparece. Quizá anda calculando si un penal se vota por mayoría simple o calificada.

 

Ni hablar del famoso güero Manuel Velasco, Senador del Verde, tan acostumbrado al reflector y a los palcos VIP, que en esta ocasión parece haber confundido el Mundial con una sesión ordinaria: mejor faltar y luego justificar.

 

La escena da para la chacota. Los nuevos ricos del poder, esos que presumen camionetas blindadas, relojes de lujo y séquitos de aduladores, parecen padecer una repentina alergia a los estadios llenos de ciudadanos reales. Muy valientes para los eventos controlados, muy discretos cuando no pueden apagar los abucheos.

 

Al final, queda claro que hay lugares donde ni el aparato propagandístico alcanza. Porque en el futbol, como en la vida, el marcador no se maquilla.

 

Y parece que varios morenistas ya entendieron una dura lección:

hay silbidos que no se pueden censurar. Parece que varios descubrieron que hay un lugar más peligroso que la tribuna legislativa: una tribuna llena de aficionados con silbato.