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En este espacio editorial hemos sostenido que al gobierno de la mal llamada Cuarta Transformación no se le puede conceder ningún beneficio de la duda cuando sus propios antecedentes de comunicación están marcados por la manipulación de cifras, la tergiversación de declaraciones y la propaganda política. No se trata de negar cualquier resultado favorable, sino de exigir pruebas antes de permitir que un anuncio oficial se convierta en una supuesta victoria. El caso de los desaparecidos es particularmente grave porque detrás de cada número hay una familia que busca, pregunta y espera respuestas. Por eso, cuando el presidente del Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de la ONU, Juan Pablo Albán, hizo referencia a la presunta localización de 16 mil personas durante el último año, el gobierno de Claudia Sheinbaum encontró la oportunidad perfecta para presumir avances, como si semejante cifra bastara para acreditar que México está resolviendo una de sus crisis humanitarias más dolorosas.

 

La propaganda oficial volvió a tropezar con una pregunta elemental: ¿dónde están esas personas? Después de que sus declaraciones fueran difundidas como un reconocimiento al gobierno mexicano, Albán tuvo que precisar el alcance de sus palabras y aclarar que las cifras deben verificarse. No basta con informar que 16 mil personas fueron localizadas; es indispensable conocer sus identidades, confirmar en qué condiciones fueron encontradas y determinar si regresaron con sus familias o si sus seres queridos recibieron información sobre su paradero. La diferencia es fundamental: una cifra presentada en un informe gubernamental no equivale automáticamente a 16 mil desapariciones resueltas. Mucho menos cuando miles de familias continúan recorriendo hospitales, fiscalías, servicios forenses y terrenos de búsqueda sin encontrar a sus seres queridos.

 

La ONU no ha certificado que México haya resuelto la crisis; ha exigido que los datos se aclaren y que no se utilicen para desviar la atención de la magnitud del problema. Esa es la diferencia entre un resultado comprobable y la propaganda.