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Hay que anotar el día y, si se quiere, la hora. Hoy inicia derrumbe del auto denominado movimiento de cuarta transformación en México. El Partido Revolucionario Institucional, como en los viejos tiempos, gana “carro completo” al obtener 16 de los 16 distrito electorales del Congreso Estatal de Coahuila que se disputaron este domingo en las urnas.

 

Hay derrotas electorales y hay derrotas políticas. Lo ocurrido en Coahuila pertenece a la segunda categoría. La ventaja obtenida por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus aliados en los 16 distritos electorales en disputa representa mucho más que un revés local para Morena. Es una señal de desgaste que golpea directamente la narrativa de hegemonía política construida por la Cuarta Transformación durante los últimos años.

 

Los datos del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) son contundentes. Más allá de los números, la elección dejó al descubierto una realidad que Morena había intentado negar: el respaldo popular no es infinito ni automático. Durante años, el partido gobernante construyó un discurso basado en la idea de representar de manera exclusiva la voluntad del pueblo frente a una oposición identificada con los excesos del pasado. Sin embargo, en Coahuila fueron precisamente los ciudadanos quienes tuvieron la oportunidad de refrendar o retirar su apoyo en las urnas. El resultado fue inequívoco.

 

La derrota adquiere una dimensión mayor porque ocurre en un contexto donde Morena ya no puede presentarse únicamente como una fuerza de oposición o un movimiento antisistema. Hoy es el partido en el poder, responsable de decisiones gubernamentales, políticas públicas y resultados concretos. Como ocurrió antes con el PRI y el PAN, la ciudadanía comienza a evaluar no las promesas, sino los resultados.

 

A ello se suma un factor que la oposición considera determinante en el desgaste del oficialismo: la creciente instalación de la narrativa del «narcopartido». Durante meses, dirigentes opositores, analistas y sectores críticos impulsaron señalamientos sobre presuntos vínculos, tolerancia o falta de contundencia frente al crimen organizado. Morena ha rechazado categóricamente tales acusaciones y las ha calificado como parte de una estrategia de guerra sucia. Sin embargo, en términos políticos, la oposición sostiene que esa narrativa golpeó al partido gobernante con la fuerza de un marro en uno de sus activos más importantes: la autoridad moral.

 

La fuerza de esa ofensiva política no radica necesariamente en las acusaciones mismas, sino en el efecto que generan sobre la percepción pública. La Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo una ruptura ética con las prácticas tradicionales de la política mexicana.

 

Para el PRI, el resultado representa una reivindicación política impensable hace apenas unos años. Para Morena, en cambio, constituye una advertencia seria. No porque una elección local determine por sí sola el destino de un proyecto nacional, sino porque los procesos de desgaste político suelen comenzar precisamente así: con derrotas que inicialmente son minimizadas y que después terminan revelando cambios más profundos en el ánimo ciudadano.

 

La pregunta ya no es si Morena puede perder elecciones. Coahuila acaba de demostrar que sí.