La renuncia de Guadalupe Taddei no es solamente la salida de una funcionaria cuestionada: es un golpe político al “legado” de Andrés Manuel López Obrador y Morena, el movimiento que pretendió convertir las instituciones en instrumentos de su proyecto de poder. Dicen que el tiempo pone a cada quien en su lugar, y hoy el expresidente comienza a pagar la factura de su obsesión por debilitar al Instituto Nacional Electoral, una institución que durante años combatió porque representaba un contrapeso a sus ambiciones. Su estrategia fue desacreditar al árbitro, confrontarlo y promover una “transformación” que terminó colocando su autonomía en el centro de la controversia. La pregunta es inevitable: ¿para eso querían cambiar al INE?
López Obrador no puede lavarse las manos. La llegada de Taddei en 2023 ocurrió en medio de cuestionamientos sobre sus vínculos familiares con personas relacionadas con Morena, mientras el entonces presidente celebraba su designación. La historia política de este nombramiento representa el costo de una estrategia que privilegió la confrontación y alimentó las sospechas de que el oficialismo buscaba tener un árbitro a modo. Ahora, la salida de quien encabezó el organismo deja una mancha sobre quienes impulsaron y defendieron ese nuevo capítulo.
Morena, en realidad, jamás buscó la honestidad. Los cuestionamientos sobre irregularidades administrativas y conflictos de interés deben investigarse hasta sus últimas consecuencias, sin protección política para nadie. El costo no es únicamente jurídico: es, sobre todo, político y moral. Quienes llegaron al poder prometiendo acabar con vicios del pasado no pueden refugiarse en el silencio cuando las instituciones bajo su influencia quedan envueltas en corrupcion. López Obrador construyó buena parte de su discurso acusando a sus adversarios de corrupción; hoy, su propio movimiento, corrupto y corruptor, debe responder por sus actos.
Es hora de limpiar la casa, recuperar la independencia del INE y poner límites a un proyecto político que no puede confundirse con el Estado mexicano. La renuncia de Taddei debe marcar el principio del fin de la pretensión de cualquier partido de controlar al árbitro electoral. López Obrador y Morena no pueden exigir confianza mientras evaden el costo de sus decisiones. La mal llamada Cuarta Transformación prometió acabar con los abusos del poder, pero ahora debe explicar por qué sus propias apuestas institucionales terminan en el lodo. El tiempo pasa factura, y esta vez la cuenta política llega directamente a Palenque y a Morena. El INE no es propiedad de López Obrador: es patrimonio de los mexicanos.







