Los diputados locales, todos, con sus acciones autoritarias, sus prácticas de persecución política y su actitud acomodaticia con los regímenes de Gallardo y Morena, han agraviado a mucha gente y contribuido a generar un clima de enojo, frustración y resentimiento. Ahora, ese cultivo comienza a producir expresiones cada vez más evidentes de violencia, tanto verbal como física.
Lo que sorprende es que los diputados locales le jueguen al loco y ahora se pregunten por qué ocurren estas cosas, como si fueran ajenos al ambiente político y social que ellos mismos han ayudado a construir.
Lo ocurrido recientemente en el Congreso tiene, evidentemente, un propósito político. Pero también debe entenderse como una expresión que se encuentra al nivel del hartazgo provocado por la arbitrariedad con la que se han conducido los legisladores de prácticamente todos los partidos políticos.
Que los diputados no se sorprendan cuando las expresiones de inconformidad de la gente sean espontáneas y naturales. Entonces sí, los diputados van a descubrir que el enojo social no se puede contener con comunicados, discursos institucionales ni condenas oportunistas.
Cuando un Congreso deja de ser percibido como un espacio de representación ciudadana y comienza a verse como una extensión de los intereses del poder, tarde o temprano la sociedad encuentra otras formas de expresar su inconformidad.
La violencia no debe normalizarse. Pero tampoco debe normalizarse el abuso del poder.
Cuando quienes tienen el poder siembran autoritarismo, arrogancia y confrontación, no deberían sorprenderse cuando comienzan a cosechar enojo.
Y apenas estamos viendo los primeros frutos.







