En México pueden cambiar los colores, los partidos y los discursos políticos, pero hay algo que permanece intacto: la capacidad de Carlos Slim para acomodarse con quien gobierna. El empresario más poderoso del país vuelve a aparecer justo cuando el gobierno federal enfrenta cuestionamientos por la baja en la calificación crediticia de México y por la creciente incertidumbre económica. Como ya es costumbre, Slim salió a minimizar los riesgos, aplaudir al poder y anunciar millonarias inversiones que, más allá del impacto mediático, pocas veces terminan siendo verificables para la opinión pública.
La historia del magnate parece escrita bajo una sola regla: mantenerse siempre cerca del gobierno en turno. Lo hizo con el PRI, con el PAN y ahora con Morena. Mientras miles de empresarios enfrentan incertidumbre, inseguridad y falta de confianza para invertir, Slim aprovecha su posición privilegiada para convertirse en el empresario favorito del régimen. Su discurso de “confianza” en México parece más un mensaje político que una verdadera evaluación económica, especialmente cuando organismos internacionales y especialistas advierten señales de desaceleración y debilidad financiera.
Resulta imposible ignorar que cada crisis representa para Slim una nueva oportunidad para fortalecer su cercanía con el poder. Mientras otros sectores cuestionan decisiones gubernamentales, él opta por defenderlas públicamente, incluso calificando como “irracional” la decisión de Moody’s. No es casualidad: un empresario que ha construido parte de su fortuna al amparo de concesiones, contratos y relaciones políticas entiende perfectamente que en México la cercanía con el gobierno sigue siendo un negocio rentable.
El problema no es únicamente que Slim respalde a la llamada cuarta transformación. El verdadero fondo está en el mensaje que transmite: en México, el gran capital no necesariamente apuesta por instituciones fuertes o por reglas claras, sino por mantener una relación cómoda con quien detenta el poder. Esa vieja práctica del capitalismo mexicano —el de los favores, los acuerdos y la conveniencia mutua— continúa intacta, aunque hoy se disfrace de transformación.
Mientras el país enfrenta retos económicos reales, la narrativa optimista del empresario parece desconectada de la realidad que viven millones de mexicanos. Hablar de crecimiento y estabilidad desde la cima de la riqueza resulta sencillo cuando se pertenece al reducido grupo que nunca pierde, sin importar quién gobierne. Slim no representa al empresario que arriesga; representa al empresario que sabe sobrevivir, adaptarse y prosperar bajo cualquier administración.
Y quizá ahí radica la mayor crítica: más que un símbolo de confianza en México, Carlos Slim se ha convertido en el símbolo perfecto del viejo modelo donde el poder económico y el político caminan siempre de la mano.







